El lado equivocado, Jn 5:11-18
En los pórticos que rodean el estanque de Betzatá o Betesda se congregaban enfermos de diversa índole atraídos por el supuesto valor medicinal de las aguas.
Jesús sanó a un hombre que llevaba treinta ocho años inválido diciéndole “Levántate, recoge tu camilla y anda” y la autoridad religiosa, social y política de ese entonces no se puso contenta con Jesús. Ellos le preguntaron al que había sido sanado “¿Quién es ese hombre que te dijo recoge tu camilla y anda? El que había sido sanado no tenía ni idea de quién era, porque Jesús se había escabullido entre la mucha gente que había en el lugar”
Para los fariseos cargar la camilla implicaba violar la prohibición de trabajar en el día de reposo. Jesús no quería que todo terminara allí: ni para el hombre que había sido sanado, ni para las autoridades. “Después de esto Jesús lo encontró en el templo y le dijo: -Mira ya has quedado sano. No vuelvas a pecar, no sea que te ocurra algo peor”. Juan nos relata dos cosas: la iniciativa de Jesús en provocar una confrontación con las autoridades, y su trabajo personal con el hombre sanado.
Las autoridades se habían desentendido del hombre sobre la base que su enfermedad era producto del pecado. No tenían que esforzarse por ayudar al enfermo, porque su teología les indicaba que merecía el castigo que sufría. Jesús sanó al inválido y rompió definitivamente con tal manera de pensar y actuar. Ahora bien, ¿Por qué le dijo no vuelvas a pecar?
En el templo, Jesús se acercó al hombre para llamarlo a no seguir tomando el lado equivocado. Este hombre no se atrevió a cuestionar la estrechez de los criterios oficiales por parte de las autoridades que lo habían abandonado, y dejó de lado la posibilidad de dar testimonio contra ellos. Finalmente le echó la culpa por violar la ley a un desconocido.
La “cosa peor” que podía pasarle sería perder su vida por traicionar a Jesús y esto sería la consecuencia de quedar en el lado equivocado del conflicto. El pecado de este hombre no es lo que hizo antes sino lo que hizo después.
“El hombre se fue e informó a las autoridades que Jesús era quien lo había sanado”. A sabiendas de la oposición de los religiosos, el hombre delató a Jesús y por esto las autoridades religiosas le perseguían pues hacía tales cosas en sábado, así que redoblaban sus esfuerzos para matarlo. Lamentablemente este hombre traicionó a Jesús.
El evangelio nos presenta el mismo desafío que tenían los lectores de aquel tiempo. A los “cristianos secretos” les costaba identificarse con Jesús debido a las circunstancias adversas o los posibles castigos. Quizás buscaban recibir los beneficios de Jesús sin identificarse públicamente con él.
¿En qué casos podemos traicionar a Jesús? ¿Cómo se manifiesta prácticamente nuestro seguimiento? ¿Suelo colocarme del lado correcto a favor de los que son tratados injustamente y no se respeta su dignidad?
Carlos Scott
Foto Gilbert Lennox
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