El Espíritu de una mesa de cooperación
“Al sentarse a comer, tomó el pan y lo bendijo. Luego lo partió y se lo dio a ellos. De pronto, se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Y, en ese instante, Jesús desapareció. Entonces se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?», Lc 24:30-32
El Señor nos llama a vivir la unidad sin caer en la uniformidad, la distinción sin caer en el individualismo o personalismo, la diferencia sin caer en la división. Un solo cuerpo celebrando la unidad en la diversidad. Valdir Steuernagel y Harold Segura nos comparten que “Jesús no exigía uniformidad para sentarse a la mesa. Lo que pedía era disponibilidad para el encuentro y apertura para la gracia.”
Todo se trata de una sola mesa para compartir el mismo pan y el mismo Señor. El pan es el símbolo de reconciliación. Cuando lo partimos juntos haciendo memoria del Señor es cuando se nos abren los ojos y puede arder nuestro corazón, Lc 24:13-34. Compartir el pan es hacerse uno con el otro, hay afinidad, proximidad, empatía, apego. Es una mesa que nos iguala a todos.
“La espiritualidad de la mesa compartida nos recuerda que no se trata de llegar a un consenso total antes de unirnos en misión, sino de dejar que el gesto de compartir el pan abra caminos de confianza mutua, de escucha y de colaboración.” Es abrirnos a la posibilidad de aprender de las otras personas, de escuchar sus historias y de discernir en amistad cuál es la voluntad del Señor. “La mesa, entonces, deja de ser solo lugar de intimidad eclesial y se convierte en espacio de articulación misionera”
El Señor nos desafía a que volvamos a mirar su mesa. Una mesa amplia, de inclusión, comunión y envío. “En la mesa se revelan el rostro de Dios, el estilo de Jesús y el sueño del Reino.”
Carlos Scott
Foto Gilbert Lennox






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