Su gracia nos alcanza
“Invita al pobre, al lisiado, al cojo y al ciego.
Luego, en la resurrección de los justos, Dios te recompensará por invitar
a los que no podían devolverte el favor». Al oír esto, un hombre que
estaba sentado a la mesa con Jesús exclamó: «¡Qué bendición será participar de
un banquete en el reino de Dios!», Lc 14:13-15
Jesús incluía a quienes otros excluían y su mesa era un
ambiente de consuelo y restauración. En el Reino de Dios hay una invitación a
todos, Lc 5:29-32; 19:1-10. Sus encuentros implicaban la construcción de
puentes de reconciliación. La mesa de Dios es amplia y generosa. David Cárdenas
nos habla de llevar la invitación del Reino a quienes han sido olvidados en
todo el mundo, aquí y allá.
La mesa del Señor esta abierta a la espontaneidad, a la
expresión natural y fácil del pensamiento, los sentimientos, las emociones.
“Cuando cierta mujer de mala vida que vivía en la ciudad se enteró de que Jesús
estaba comiendo allí, llevó un hermoso frasco de alabastro lleno de un costoso
perfume. Llorando, se arrodilló detrás de él a sus pies. Sus lágrimas
cayeron sobre los pies de Jesús, y ella los secó con sus cabellos. No cesaba de
besarle los pies y les ponía perfume”, Lc 7:37-38-
Es una mesa donde encontramos perdón. “Entonces Jesús le
dijo a la mujer: «Tus pecados son perdonados». Los hombres que estaban
sentados a la mesa se decían entre sí: «¿Quién es este hombre que anda
perdonando pecados?». Y Jesús le dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado; ve
en paz», Lc 7:48-50. Jesús nos muestra que su mesa es un espacio donde la
historia de vida puede ser contada y el corazón es libre del pecado. Allí nacen
la transformación y la restitución.
Dios nos llama a disfrutar de su presencia. Es encuentro,
revelación, alegría, enciende el corazón, hay misión y su sacrificio debe ser
recordado. Su mesa nos alimenta, nos revela a Cristo y nos muestra el camino de
la misión.
Carlos Scott
Foto Gilbert Lennox







