Angustia y desesperación
“Al sentir que sé mi iba la vida, me acordé del Señor, y mi
oración llegó hasta ti, hasta tu santo templo”, Jonás 2:7
Jonás fue un profeta que quiso huir de su responsabilidad.
Su desobediencia le llevó a una situación de angustia y desesperación. En el
momento más desesperante se acordó de Dios.
La religiosidad que profesaba no le ayudó a obedecer. La
obediencia no pasa por estar cerca del templo. Estar cerca del templo no es
sinónimo de estar más cerca de Dios. Por mucho que nos quedemos en el ámbito de
la religiosidad, la iglesia o el templo, Dios no se queda ahí, Jn 3:16.
Jonás servía a un pequeño Dios de su institución. Corremos
el riesgo de limitar la acción de Dios a la esfera de la Iglesia, como Jonás
quería limitarla a la esfera de Israel. Esta actitud lleva a la desobediencia.
La tentación de Jonás es la tentación de la Iglesia: ¡No te metas!
Jonás representa a un patriota nacionalista cuya
desobediencia no es por capricho o por falta de valor. Su desobediencia tiene
que ver con buscar beneficios únicamente para su propia “institución”.
Jonás declara: “La salvación viene del Señor”, Jon
2:8-9. El profeta se da cuenta que por querer huir de Dios no encuentra la
libertad, y ahora tras su experiencia traumática conoce que la salvación viene
de Dios.
La historia de Jonás revela que es un profeta que quiere
serlo bajo sus propias condiciones. Prefiere quedarse cerca del templo, pero
sin escuchar a Dios. En el fondo del mar descubre que debe obedecer a Dios y
Dios le escucha a Él.
Nuestra oración: “Examíname, OH Dios y sondea mi corazón;
ponme a prueba y sondea mis pensamientos. Fíjate si voy por mal camino, y
guíame por el camino eterno”, Salmo 139: 23-24
Carlos Scott
Foto Gilbert Lennox

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