«¡Señor, no los culpes por este pecado!»
“Entonces ellos se taparon los oídos con las manos y
empezaron a gritar. Se lanzaron sobre él, lo arrastraron fuera de la
ciudad y comenzaron a apedrearlo. Sus acusadores se quitaron las túnicas y las
pusieron a los pies de un joven que se llamaba Saulo. Mientras lo
apedreaban, Esteban oró: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». Cayó de
rodillas gritando: «¡Señor, no los culpes por este pecado!». Dicho eso, murió”,
Hch 7:57-60
Para la clase dirigente el “pecado” de Esteban fue confiar
en un Dios que camina y que no está encerrado en los templos. La fe cristiana
es una fe que nació para caminar. Ninguna estructura, sistema o institución
puede detener o sujetar a Dios. Tampoco lo podemos domesticar a nuestra forma
de ser por medio de tradiciones, reglamentos o estatutos. Ningún legalismo es
el símbolo de un Dios que ama.
Dios prefiere la misericordia antes que el sacrificio. Jesús
nos amplia la forma de pensar y nos conduce a un amplio espacio. Él nos vuelve
a decir: “Yo soy la puerta; el que entre por esta puerta, que soy yo, será
salvo. Se moverá con entera libertad, y hallará pastos”, Jn 10:9.
Los que prefirieron la religión del templo terminaron
ejecutando a Esteban. Debemos tener cuidado con la religión que nos quiera
anclar en el pasado y no mirar el futuro. Hay nuevos desafíos que nos vienen
desde afuera y cuando las buenas tradiciones se nos vuelven excusa para no ser
obedientes, dejan de ser buenas.
A Esteban como a sus compañeros se los eligió para responder
a la crisis interna de la iglesia, pero el Espíritu tenía otros planes.
Responder a nuevas formas de misión nos puede llevar a cumplir con nuestra
vocación. Es ensanchar el corazón y ampliar nuestra mente para bendecir a la
nación y a las naciones. Esteban “fijó la mirada en el cielo, y vio la gloria
de Dios y vio a Jesús de pie en el lugar de honor, a la derecha de Dios”. Nadie
que se nos oponga tiene más poder que él.
Carlos Scott
Foto Gilbert Lennox

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